Cuando llegué por primera vez a esta planta no entendía nada: todo era gigantesco, inestable y vivo. Las ramas parecían columnas, las hojas tejados, y la corteza una pared interminable. No tenía herramientas, ni planos, ni un lugar donde quedarme; solo tenía manos pequeñas, ojos atentos y la necesidad inmediata de construir algo que no desapareciera a la primera noche de viento.
Aquí no existen los materiales perfectos, solo lo que la planta y el entorno cercano deja al alcance: ramitas, fibras, fragmentos de corteza, semillas, restos que para vosotros no significan nada. Cada pieza es un tesoro y se elige una a una, se corta a ojo, se prueba, se descarta y se vuelve a probar. No hay prisa posible, porque cada error cuesta semanas; el equilibrio no se impone, se negocia con la forma de la rama y con la humedad del aire.
Por eso mi trabajo parece minucioso desde fuera. Lo es, pero no por estética: es superviencia. Hay partes que nadie ve —refuerzos ocultos, uniones internas, apoyos invisibles— y son precisamente las que sostienen la casa cuando la planta crece, cuando la hoja cae, cuando cambia la luz y se dilatan las fibras. Construir sobre un ser vivo exige escuchar su fisionomía y adaptarse; nada es recto, nada se repite, y una solución que funciona en una planta fracasa en otra.
Cada construcción termina siendo única porque cada planta obliga a una arquitectura distinta y porque cada colono construye con su propia historia encima. Yo no fabrico miniaturas; levantó hogares a escala de quien los habita. Si alguna vez piensas que esto es «paciencia», recuerda que la paciencia aquí no es una virtud: es el precio exacto de seguir vivo.
Desde fuera, cada planta puede parecer solo una maceta con una pequeña construcción encima. Desde aquí dentro es un territorio completo: caminos, desniveles, refugios, peligros, y una frontera que cambia cada día. Tras la ola que destruyó nuestra isla, los supervivientes fuimos arrojados a un mundo inmenso sin instrucciones; durante mucho tiempo vagamos bajo hojas húmedas, en grietas y rincones, hasta que algunos encontraron una planta estable y comprendieron que, si algo podía convertirse en hogar, era eso.
Así empezó «A hundred years in a potted tree house»: no como un capricho, sino como una forma de permanecer. Cada colono llega con una manera distinta de sobrevivir, y eso se ve en su casa aunque tú no lo sepas leer. Los hay que construyen alto para ver lejos, como si la altura pudiera devolverles un mapa; otros se pegan al tronco y se esconden, como si todavía esperaran otra ola; otros tienden puentes y pasarelas porque, en el fondo, siguen creyendo que alguien vendrá a visitarlos.
Con el tiempo aprendimos a observaros a vosotros, los humanos, sin ser vistos. Vuestras prisas, vuestros cambios de lugar, la forma en que os movéis cosas enormes sin imaginar lo que pueden contener. Cada colono interpreta ese mundo a su manera y lo convierte en relato, porque en nuestra isla las historias nunca se escribían: se contaban, se exageraban, se mezclaban con fantasía, no para mentir, sino para resistir y seguir teniendo identidad cuando todo lo demás se ha perdido.
Por eso, cuando leías la historia de un colono, no es porque ésta sea real o inventada. La pregunta importante es otra: ¿qué clase de vida obliga a alguien a reconstruirse desde cero en silencio, durante años, hasta que una planta deja de ser una planta y se convierte en un lugar? Cada casa que ves es una respuesta distinta a esa misma pregunta, y cada respuesta tiene nombre propio.